domingo, octubre 31, 2004

 

Si alguien me tira una flor...


"¡Yo vengo del medio del campo, nunca me esperé este recibimiento!"
La voz venía de una mujer que, sentada algunos asientos detrás del mío, saludaba por la ventana a las personas que saltaban alrededor del ómnibus, a la vez que agitaban cientos de banderas tricolores.
"¿Está contenta la gente, no?", me dijo la señora que estiraba el cuello para poder ver a la multitud desde el asiento contiguo.
"Y sí, son años esperando...", respondí sin dejar de mirar afuera.
Quiero que pase lo que va a pasar hoy desde que tengo memoria; siendo sincera, no sé medirlo en años.
Hay cosas que van más allá de las explicaciones, y ésta es una de ellas. El lazo que me une a la gente que saltaba afuera del ómnibus es otra... el mismo que me une a los que caminaban hacia el acto el miércoles, el mismo que le hizo decir a mi abuela que se sentía feliz de haber llegado viva a ver esto.
Lo que está pasando es increíble... la calle es una fiesta, las banderas se adueñaron del viento, la alegría tantas veces reprimida baila en el cuerpo y los ojos quieren llorar, solo para volcar un poco de lo que nos está pasando adentro.
Hay diferencias, por suerte hay miles de diferencias... pero todos pudimos unir las voces en un "¡A Redoblar!" que todavía sigue sonándome en el pecho, y la sinfonía de rostros y miradas vistió la calle de rojo, azul y blanco, una misma identidad latiendo sobre el asfalto marchito.
Lo que pasa va más allá de las palabras y las racionalidades, los años que lleva la mirada de mi abuela buscando ver lo que pasará hoy los lleva mi madre en las manos y yo en la cabeza...
Es tarde, estoy bastante cansada, y sé que lo que escribo debe resultar un poco incoherente...
Sólo quería decir gracias, gritar un "gracias" enorme que inunde las gargantas de los que festejan y lucharon para festejar, de los que se juntan en la calle empuñando la esperanza, de los que tienen la certeza de que el futuro se esconde entre las baldosas quebradas de este país conservador y asustadizo.
Para ellos, todos, GRACIAS...
(Ah, y por si queda alguna duda... ¡¡¡Arriba el Frente Amplio!!!)
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miércoles, octubre 20, 2004

 

31

- Papá, ¿vos vas a votar a Stirling?
La pregunta venía de una chica rubia de unos catorce años, que pasaba sosteniendo un palo de hockey entre un grupo uniformado como ella, con equipos deportivos azules a franjas rojas.
La música del “Nuevo País” crecía entre los ronroneos de los autos, mientras el grupo atravesaba la plaza con ese aire calmo y despreocupado del que sabe que comerá mañana.
Ahí pasaba la sonrisa rodante de Larrañaga, contaminando los oídos y la vista con las mismas frases repetidas... yo no debería estar acá. Hegel me espera recostado junto al escritorio.
No sé por qué vine a esta plaza... las plazas se hicieron sólo para los niños y las palomas.
Niños, palomas, viejos... los viejos se hicieron para las palomas. Las palomas son un monstruo terrible que devora los años de los viejos.
Vuelve a sonar el “Nuevo País”, y la música trepa por los edificios burlándose de que sean los cadáveres de una ciudad, riéndose de nosotros, gritando que los cambios sólo son de colores.
Cerraron una de las calles laterales de la plaza... los bomberos cortan un par de ramas de algunos árboles que crecieron demasiado. El ruido te aturde, y las astillas obligan a cerrar los ojos de los que están abajo.
Y tengo la sensación de que pasa tantas veces...

miércoles, octubre 13, 2004

 

Empty chairs on empty tables

Hoy cerré los ojos y estuve en el bar... estaba lleno, como siempre. La grapa esperaba reclinada sobre las paredes del vaso, que bostezaba sobre la mesa buscándome con su cuerpo repetido.
A mi alrededor no había nadie, y el mozo masticaba un par de insultos detrás del mostrador (repetían el partido por televisión, Uruguay volvía a perder desde el monitor...).
Fue hace tiempo, pero creo que le dábamos la espalda a esta misma ventana cuando me dijiste que pronto sería el cumpleaños de tu madre. Irías a visitarla – hacía mucho que no la veías-, y comerían juntos en algún restaurante caro.
Ella, vos y tu abuelo... pero tu abuelo había muerto, hacía años.
Te lo dije, como si no lo recordaras.
Sonreíste. “Sí, pero por una noche lo olvida”, pareció decir el hueco, infinitamente oscuro, de tus pupilas.
Entonces me explicaste que iban a ese restaurante para encontrarlo, que separaban una silla, hacían al mozo traer platos y cubiertos para tres personas y llenaban una tercera copa con el mismo líquido que les lamía a ustedes la garganta.
Así supe que para mí, vos también eras un fantasma... recuerdo que por marzo me pediste que te guardara una silla, que querías estar en Montevideo, en mi mesa quizás...
Por esa época me hablabas de muchas cosas, del gris que inunda Buenos Aires y Montevideo, de las grietas que atraviesan las baldosas de 18, de lo que necesitabas dejar de ser él y encontrarte en algún bar del centro.
Y fue así que, una noche, cené junto a tu sombra, burlándome de la ausencia de vacío sobre la silla.
Ahora, en este bar, me rodean un par de sillas sin gente... me pregunto si tendrán dueño, si existirá el vacío alguna vez.
Incluso en mi mesa, del otro lado de la grapa, hay una silla que me observa.
Pero sé que no te espera, que no va a esperarte más... estás tan lejos que ni siquiera el alcohol puede acercarte.

 

¿Por qué te digo que no cuando el sí me muerde la boca?
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domingo, octubre 10, 2004

 

Óleo sin pincel

Buscar junto a los golpes de luz los bordes platinados de la baranda. Recorrer con la vista el reguero de ceniza y pasos apurados que guardan las escaleras. Escuchar las manos jóvenes y arrugadas retorcer los trapos de piso sobre un ejército de baldes, mientras las enfermeras miran pasar los autos y se meten con los ojos en alguno de ellos.
Cada imagen va sumándose para formar la pintura del hospital -que el frío acuna con su aliento silencioso-, alargando las sombras de los que esperan.

miércoles, octubre 06, 2004

 

Plegaria



Para ustedes, los que no están...
¿por qué?
El tiempo proyecta sus sombras como las risas de un recuerdo
arañan los párpados cerrados culpándolos del silencio
Buscan las cicatrices en los ojos que un día
quisieron acompañarlos...

A ustedes, los que están...
¿por qué?
¿Por qué todavía no huyeron, por qué se quedaron?
Duele tanto sentirlos cerca sabiendo que pueden irse
observar que sus zapatos esconden caminos entre las suelas y el polvo
Caminos que el viento barrerá de mi vista con su carcajada de hojarascas...

No hay nadie más triste que el que sea feliz
La felicidad es un dolor sin esperanza...
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domingo, octubre 03, 2004

 

Remix

Levantó la cabeza y olfateó. Las fosas de su nariz se abrían y cerraban rítmicamente, dejando pasar la trama mórbida del aire, cargada con pedazos de gente.
Ahí estaba tranquilo, lejos de ellos...
Sin embargo insistían en internarse en el bosque, caminando detrás de sus escopetas, buscando silenciar lo que se movía.
Ah, los hombres... pobre invento de la naturaleza.
Creían pasar desapercibidos mientras avanzaban, y sin embargo su presencia era tan extraña que el bosque resistía sus pasos, y la noche alertaba a sus hijos con una mezcla de olores penetrantes, mientras los árboles guardaban sus voces lluviosas y sólo se oía el grito del pasto bajo las botas opacas.
Se acercaban...
El hocico señalaba hacia el este. Decidió alejarse un poco, aunque no demasiado... quería verlos.
Todo su cuerpo estaba tenso, listo para el encuentro, las orejas apuntando hacia ellos, el pelo de su lomo erguido y alerta... algo le invadía la carne, algo que lo impulsaba a seguir ahí, clavado a la tierra.
Esperó.
Su nariz se abría y cerraba rápidamente, como un reloj descontando segundos para el encuentro. El aliento del miedo se le trepó a la cabeza, y sus patas sintieron endurecerse los músculos que podían llevarlo lejos de ahí.
Esperó.
El odio puede más que el miedo.
Al fin aparecieron, moviéndose lentamente entre los árboles... un niño y un viejo. Nadie más.
Sintió como se afilaban sus colmillos...
Dio un largo rodeo, evitando el camino que sabía que tomarían; la tierra parecía mantener la respiración mientras lo hacía, guardando el secreto de lo que sucedía, dejándose domar por él.
El viejo movía las manos para el niño. Le mostraba los nidos entre las ramas, le señalaba las grietas de los troncos, las vueltas de las raíces sobre el suelo.
Ni siquiera supieron que él estaba detrás... el niño sólo miraba lo que señalaba el viejo, el viejo sólo mostraba lo que ya había visto.
El niño... sería el niño.
Los músculos volvieron a endurecerse, esta vez por el impulso. Un pequeño salto, que situó la mandíbula justo a la altura del cuello.
Un poco de presión, luego un movimiento rápido... la sangre que quebraba la cárcel del cuerpo, el sonido imperceptible de la vida abandonando los ojos de una persona.
En seguida el viejo que se desplomaba sobre Pedro, con la escopeta demasiado torpe para seguir al lobo que se alejaba, como una sombra, alimentando el silencio del bosque.

viernes, octubre 01, 2004

 


"War is Peace. Freedom is Slavery. Ignorance Is Strength."

G. Orwell

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