miércoles, noviembre 24, 2004

 

“...la bala que te pegó a todos nos mató algo.”



Lo dijeron sobre Saravia, hace unos cuantos años. También podrían haberlo dicho en Malvín Norte, tal vez lo pensaron esas personas al enfrentar a la policía.
Tal vez lo pensó el viejo al que una bala le atravesó el brazo, no cuando sintió su calor ni se palpó la sangre sino después, cuando los vecinos del asentamiento le contaron de qué forma cobarde puede un tipo vestido de azul terminar el repique de los tamboriles.
"Más policía", dice el vecino de enfrente, el que vive en las torres, desde la televisión, "¿Qué hace la policía que no interviene?".
"Yo te digo qué hace", responde el periodista, "les pega a los pibes que van a los conciertos de rock. La policía tiene que reprimir, pero lo hace cuando es fácil".
Es cierto, la policía reprime. Lógico, al periodista sólo le importan los pibes de los conciertos, sus hijos no van a pisar Malvín Norte jamás (a no ser que a alguno se le ocurra estudiar ciencias...). Ellos no van a estar del lado "difícil de reprimir", del lado donde es buena la represión; ¡viva la seguridad ciudadana! ¡vivan las rejas autoimpuestas!
Todos los días nos están tirando balas. Y nosotros tan tranquilos, dejándonos morir...
0.001 palabras

viernes, noviembre 19, 2004

 

Carta que no supe darte (parte 2)


Advertencia: recomiendo no esperar linealidad, me limitaré a traducir a la pantalla las frases que cuelguen de mis dedos (en orden de aparición).

Desde niña, por distintas circunstancias y recovecos que nos reserva la vida, sentí esa inmensa melancolía del que se sabe solo, del que recorre los muros plagados de hiedra y piensa que si se quedara quieto, bien quieto junto a ellos, la planta treparía por los brazos y la boca sin notar la diferencia entre carne y piedra.
Desde niña busqué un refugio, un lugar donde esconderme de la tristeza que me rodeaba, y que a la vez no me dejara ser piedra... y ese lugar fueron las palabras.
Ambas nos fuimos acercando despacio, y mientras lo hacíamos, la luz cambiaba iluminando el cuerpo opaco de las palabras, descubriendo el brillo de sus patas finas, sus ojos salvajes alerta reflejando la imagen de una persona que se arrimaba, con la mano extendida, hacia su cabeza orgullosa.
Vi mi reflejo en la cara de las palabras y ellas descubrieron que quería acariciarlas.
Desde entonces creo que hemos sido amigas...

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré como un anillo al agua,
Si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
Si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Blas de Otero


Por mi historia, por la manera en que las historias me han atropellado y por la forma de resistir, guardé la palabra dentro de mí como en un pacto solemne; escribir era un acto íntimo, pero también amoroso: los cuentos que buscaban el papel merecían ser cuidados, y yo sentía que parte de mi rol era soltar las letras como de a cuentagotas, observándolas dibujarse luego sobre los renglones.
Cada palabra tenía sentido.
Sé que éste es mi pacto, pero hoy parecí olvidarlo...
Creo que te hablé como si me estuviera reprochando algo a mí, porque sé lo que en mí significaría eso (me siento como Narciso, al pié de la laguna).
Ahora hace rato que te miro, dibujado junto a las palabras que me recorren la cabeza (palabras enfermas, palabras que tosen), como si estuvieras en un banco tirándoles pan, y ellas te rodearan como una horda afectuosa y desordenada.
El cielo sigue siendo una mancha de merengue sucio que se pegó en la ventana.
El día aún no aparece... te invito a inventarlo.

lunes, noviembre 15, 2004

 

Detrás del telón


“Life’s but a walking shadow; a poor player,
that struts and frets his hour upon the stage,
and then is heard no more: it is a tale
told by an idiot, full of sound and fury,
signifying nothing”.


William Shakespeare
(Macbeth, acto V)


Los teatros siempre están hablando... los escenarios son un campo sembrado de voces y de años, las columnas ocultan los pedazos de algún movimiento, y entre las butacas se esconden párrafos y aplausos.
El traje de Humberto aún no ha salido a escena. El teatro está vacío, faltan un par de horas para que la gente comience a llegar. Desde mi rincón veo la sala, y ella me pide que apague la luz de la cabina y me dedique a mirarla...
Pero el libro que sostengo también está hablando. Ahora me dice que los peces ya no quieren abandonar sus peceras.
Miro el reloj. Sé que estás feliz, allá lejos.
La sala trepa por mis piernas, se entrevera con mis pies y los declara sus raíces.
Las voces me invaden como una enredadera;
“La santidad es darse, ¿por qué nadie nos lo dijo? Si educamos el cuerpo sólo para ser enterrado...”.
Aún sin gente, la sala me escucha. Se deja acariciar por los actores a los que hago recorrer el escenario, los fantasmas de alguna escena que todavía me acompaña, y que retumba en mi cabeza como la ópera improvisada de Humberto.
Así nos quedamos un rato, mimándonos las dos...
(The rest is silence).

miércoles, noviembre 10, 2004

 

"Y ahora una voz rota..."

Los ómnibus enlentecen su paso acaracolado, en las radios suenan acordes de baladas o acarameladas canciones de los 90’.
Mi madre vuelve a apurar los dedos sobre el teclado, el trabajo no está terminado, la pantalla titila sobre los cristales de los lentes enormes que le nublan los ojos... Los míos hace rato que saltan sobre las líneas de un autor que, según me contó un librero con trincheras entreveradas entre los párpados, se decía argentino pese a haber nacido europeo.
Ayer leía el mismo libro, pero hacía calor y estaba lejos de las palabras apuradas de mi madre; me había sentado en una escalera en el medio del centro, el sol mordiendo las hojas y la piel que cubre mis manos. ¿Te esperé...? Quizás sí. Nunca llegaste, tampoco supiste que te esperaba.
De pronto me rodeó una multitud de zapatos; algunos subían despacio, esforzándose por levantar los pies a los que vestían. Otros rápido, torpes esclavos de su esqueleto.
Ahora todo se mezclaba... en el hueco que abandonan las oraciones podía verse al ejército de zapatos.
Hoy estaba lloviendo, no sé si alguna vez dejó de llover...llueve sobre los agujeros de las casas, sobre los paraguas rotos, sobre un montón de troncos dormidos...
Llueve sobre las plazas, llueve sobre esas inmensas islas que son las plazas... o tal vez no sean más que un mar estático, creado para hacer naufragar a los suicidas frustrados y a los hombres con perros. O atraer a tipos como aquel, que me mira con su cara arratonada, la boca curvada en múltiples muecas, las pupilas chiquitas que debe esconder detrás de esas pestañas.
Hace rato que mi madre dejó de escribir.
En algún lugar alguien debe estar leyendo a Felisberto Hernández, a Ende o a Manuel Rivas...
Ese lugar puede ser mi cama, en un par de minutos.

viernes, noviembre 05, 2004

 

¿Nunca se termina el arroz...?



"Tanta es la ruina de tu imperio, tanta
la fuerza del rigor duro y sangriento,
que visto admira y escuchado espanta.
El sol se turba y se embaraza el viento;
cada piedra un pirámide levanta,
y cada flor construye un monumento,
cada edificio es un sepulcro altivo,
cada soldado un esqueleto vivo."

Pedro Calderón de la Barca
("La vida es sueño", 1635)

Llueve en Montevideo...
Llueve sobre los agujeros de las casas, sobre los paraguas rotos, sobre un montón de troncos dormidos...
Podría poner "Balada de otoño", recostar el rostro junto a la ventana y dejar a la música dibujar recuerdos en mi cabeza, darle al amigo Juanito el pincel de las notas y permitirle trazar sensaciones sobre el lienzo blanco, nunca virgen, de la memoria...
Pero hoy no quiero.
Quiero creer que no tengo memoria.
Quiero pensar que la cabeza es una flor extraña y vacía, que la música es el eco que les cuenta a las paredes que están solas.
Hoy es un día Genesis, tal vez Byrne o Collins...
Hoy es un día en que el mundo se olvida que existo y mis brazos no hacen nada por recordárselo...
Ah, estoy cansada de muchas cosas... como todos, supongo.
Perdón por el ataque de adolescencia.

0.001 palabras

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