lunes, enero 17, 2005

 

Hoy

Decidimos cruzar al bar, lleno el aire de pulmones acuchillándolo.
Lo hicimos porque queda muy cerca del teatro, y cómo siempre había que esperar un rato antes de cobrar el sueldo... se trata de un bar donde te atienden bien y dónde la pizza es rica y barata, así que queda bastante cerca de muchos lugares. A lo largo de mi vida se han cruzado numerosos caminos por ahí, por lo que lo he visitado como nieta, como amiga, como manifestante, como estudiante, como sonidista... hoy era este último el rol que estaba cumpliendo.
Desde la ventana podía verse al teatro iluminado, los taxis esperando a la gente que saldría de la última función. Las risas del público eran poderosas, se oían sin dificultad desde la calle.
Apenas unas horas atrás había encendido la consola, la electricidad fluyendo entre la música mientras probaba que todo estuviera bien. Tengo unos cuántos recuerdos que me guardo, palabras repetidas hasta el cansancio que se enrollan en la cabeza y en los ojos, gestos improvisados, tramos que son silencios (en los que me invade un perfume conocido, qué alegría llevarme el dorso de la mano a la boca y encontrarte...).
Y siempre gente, gente que te deslumbra...
Hace un par de meses, entraron a la sala un par de muchachas jóvenes, las dos ciegas.
En ese momento trabajaba en otra obra, un monólogo del que algo escribí anteriormente. Las dos salieron contentas, comentando que les había gustado mucho el espectáculo.
Hace unos días volvieron, y entonces vi que casualmente las acomodaban en los mismos asientos... recuerdo que algo hablamos con mi compañero, qué bueno que volvieran al teatro, qué se sentiría “ver” una obra con los ojos cerrados y otras cosas por el estilo, que pronto se cortaron al escuchar, con los oídos incrédulos, como una de ellas cerraba el bastón y le decía a la otra;
- ¿Te fijaste? Los mismos lugares de la vez pasada.

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