lunes, febrero 28, 2005

 

And the Oscar goes to... (primera entrga)

Advertencia: El siguiente texto será prácticamente incomprensible para cualquiera que no sufra las transmisiones de los premios Oscar que año a año realiza el canal 4.

A un set pobremente decorado con sillas de director y estatuillas de plástico dorado, llega un hombre viejo vistiendo el mismo traje negro que utilizará el año próximo.
- ¿Cómo estás, Arthur? – dice al acomodarse junto a él en una de las sillas.
El otro le responde sonriendo desde su chaqueta blanca, especialmente comprada para la ocasión.
- Bien, disfrutando de esta increíble noche... cómo no podía ser de otra forma, ¿no te parece Álvaro?
-Naturalmente...
Ya falta poco para que comience la entrega. El camarógrafo que se encargará de ellos durante unas horas se acerca tembloroso, cargando un papel en la mano.
- Arthur, Álvaro... estuve pensando en lo que fueron las transmisiones anteriores, y les hice una lista de expresiones que pueden usar, digo, además de “increíble” o “maravilloso”... podrían leerlas antes de empezar y usarlas cuando comenten la transmisión, ¿les parece?
Arthur bosteza, le pasa la lista a su compañero; Álvaro lee en voz alta: “EXTRAORDINARIO, SORPRENDENTE, ESTUPENDO, ASOMBROSO...”.
Quita los ojos del papel. Le gusta la palabra “extraordinario”, suena importante.
El camarógrafo se despide y se coloca detrás de su cámara. Con un movimiento de manos les indica que ha comenzado a grabar.
- Buenas noches amigos- dice Arthur inmóvil desde su silla- Otra noche de Oscar que compartimos junto a Montecarlo Televisión. ¿Cómo estás Álvaro?
- Estupendamente Arthur, disfrutando la previa de lo que será la entrega de los premios de la Academia.
Ambos continúan intercambiando halagos gratuitos hacia la Academia hasta que por fin aparece la imagen del Kodak Theatre, ante lo cual no pueden evitar lanzar un...
- Increíble... totalmente maravilloso.
Esta vez el presentador será Chris Rock. Ah! Si no hablara tan rápido...
Arthur hace esfuerzos por traducirlo, pero apenas logra comprender los chistes. Se ríe a destiempo, mientras Álvaro carraspea intentando ocultar sus falencias en la traducción simultánea.
Por fin la tanda.
- Esto no está funcionando Arthur...- dice Álvaro revolviendo la información de cine que bajó de internet- Tenemos que hacer algo...
Arthur parece no escuchar. Se entretiene practicando poses hacia la cámara.
- Por favor, Arthur... a propósito, en estos diez años que trabajamos juntos, siempre hubo algo que quise preguntarte; ¿es ese de verdad tu nombre?
Arthur lo mira desde su pose de co-estelar de Travolta y le dice al pasar mientras cruza la pierna;
- Si... pero podés llamarme Pocholo. Cuando no estemos en el aire, claro...
Se termina la tanda. Otra vez a sufrir con el inglés, malditos yankees, ¡por qué no hablarán español!
Esta vez Álvaro lee las hojas que bajó de internet, y habla llenando espacios que poco tienen que ver con lo que está diciendo... pero bueno, llega la tanda otra vez, hay tiempo para reponerse.
- Arthur, estuve pensando... podríamos hablar de Drexler. Viste que está nominado, podríamos hablar de eso.
Su compañero asiente con la cabeza. Hablarán de Jorge Drexler. Después de todo es uruguayo, y hace poco el canal le hizo una entrevista donde salió tomando mate.
Ah, Drexler... él iba a salvar la noche.

miércoles, febrero 23, 2005

 

Ventanas

Tenía los ojos azules, calmos y limpios.
Cuando hablaba sonreía aunque no moviera la boca, y a veces las charlas con él forzaban a los demás a arquear los labios involuntariamente.
Sentado allí, alisando su camisa mientras la abotonaba, parecía alejar los años de cárcel, de exilio, como las arrugas escapando de la tela mintras pasaba su mano sobre ellas.
Hablaba de lo que le había sucedido con la voz lejana del que ha dejado atrás demasiado, y era imposible escucharlo sin que sus recuerdos se internaran en mi mente para quedarse.
-No conozco Bélgica- dijo descolgando su saco de la silla- Viví siete años ahí y no la conozco... sólo me acuerdo de la ventana de mi casa, de que se veía el río desde la ventana... preferí la cárcel al exilio.
Se pone el saco y apenas me mira al explicarme que uno se acostumbra a la cárcel, se incorpora a ella, mientras que siempre es un extraño afuera.
-Entiendo a los que reinciden, a los chorros que vuelven al Penal... uno sabe qué esperar adentro.
Cuando entré, el abogado me dijo que lo mío daba para un año. Sentí que me moría.
Pero después pasó el tiempo... cuándo hacía cinco años que estaba ahí, el fiscal pidió seis años más... y me lo tomé con calma.
Apenas puedo imaginar lo que me dice.
Lo observo arreglarse la ropa mientras habla, sintiendo la admiración creciente frente al que luchó por sus ideas, y sus pensamientos se ordenan en el aire como en un armario.
Flotando entre nosotros están las rejas, y la mueca de una ventana que le mostraba un río, al que jamás visitó.

martes, febrero 15, 2005

 

Día de los enamorados

Con mi abuelo compartimos muchas cosas, y una de ellas es esa costumbre de ponerle música a lo que hacemos; mi abuelo silba, yo prefiero cantar.
Ya sea porque llueve, porque tenemos que caminar solos, porque el día se lo merece (o porque nos destrató), lo dos respondemos de esa forma, quizás por instinto.
Así que hoy, mientras terminaba de almorzar en la cocina, lo escuché alejarse haciendo sonar el pedregullo del patio, silbando hacia la calle que pronto pisaría, hacia el “afuera” que escondía demasiado para él, un afuera donde visitaría el hospital en el que estaba su hija, mi madre.
No sé si a alguien le gustan los hospitales... para mi tienen un velo siniestro, no puedo evitar que un sentimiento frío me hiele el cuerpo cuando los visito.
Ayer, mientras esperaba los resultados de mi madre en una enorme sala casi vacía, hablé con un hombre que esperaba a su esposa.
En realidad, lo que esperaba desde hacía tres años es que el cáncer la abandonara, y hablaba de eso con la naturalidad que da vivir ciertas cosas, y que quizás por eso se vuelven más terribles para el que escucha.
Esperamos juntos. No sé cómo será en otros lugares, pero acá nos acostumbran a la pasividad desde siempre, incluso se palpa en las esperas de los hospitales.
Después de un rato ella llegó, la cabeza calva por la quimioterapia. Traía un pañuelo de gasa verde en la mano, del mismo verde del traje que llevaba, del mismo verde que sus zapatos.
-¿Me ayudás?- le dijo a su esposo- Me sacaron sangre y no puedo atarme el pañuelo.
Él se levantó, dobló con cuidado el pañuelo y se lo colocó en la cabeza arreglando cada pliegue, con un amor que pocas veces he visto.
14 de febrero... supuestamente era el “día de los enamorados”. Me lo había hecho notar un muchacho en la calle, mucho más temprano, mientras caminaba hacia el hospital.
Tenía mil pensamientos entreverados cuando se paró frente a mí y me soltó su “feliz día de los enamorados”. Apenas le escupí un “gracias”, sin dejar de caminar.
Y ahí estaba el hombre, atando con delicadeza ese pañuelo.
En esas cosas, creo, está el amor, y no oculto detrás de fechas vacías.
(Estaba en tus ojos cuando me miraste, y ya no estuve sola).

lunes, febrero 14, 2005

 

Agua

El agua salió con fuerza, interrumpiéndose por un momento para volver a retomar su cuerpo luego, con grandes borbotones.
Mi hermano me tomó por los hombros y me apartó para que las gotas no me salpicaran, mientras el sonido del chorro sobre la tina de latón me recordaba al que tantas veces nos había hecho huir de casa.
¡El agua estaba caliente!
Mamá sonreía mojándose las manos (que ya no debían volver a quemarse calentando las pesadas ollas que impedían que tomáramos baños fríos), como si de alguna forma el agua pudiera devolverle algo del calor que había perdido, que la guerra le había robado, que ya no recobraría nunca...
-Vení Juanito- me dijo entonces- Vengan los dos. Sientan esto...
Entonces, como si se tratara de magia, el agua se entreveró con mi mano y me dio calor.

miércoles, febrero 09, 2005

 
Enojo, tristeza...
Me dijiste que no llorara sin imaginar que las gotas ya rodaban por mi rostro.
No sé por qué, de golpe me encuentro así (o tal vez lo sé, aunque cueste admitirlo).
De alguna forma que se le escapa a la razón, me siento rechazada...
(Quizás cuesta admitirlo porque no tiene sentido).
Es esto, sólo esto lo que me pasa.
Podría adornarlo con adjetivos, hacerlo agradable a los ojos que lo habiten, pero seguiría siendo sólo esto.

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