miércoles, junio 29, 2005

 

Tapar agujeros

A Juan se le había perdido una estrella.
“Juan, ¡tenés tantas!, le había dicho su padre al verlo mirar el cielo, “¿Qué te puede importar una?”.
Había muchas estrellas; algunas enormes, que brillaban poco, y otras pequeñas que sin buscarlo enceguecían a las demás. Las había rojizas, azuladas y blancas, y ninguna podía parecerse al resto (ni quería hacerlo).
Sin embargo Juan no veía otra cosa que el agujero, una mancha negra que señalaba el lugar donde había estado su estrella.
Todas las noches, Juan tomaba el saco de arpillera que le había hecho su madre y salía a colgar estrellas en el cielo... claro que ahora faltaba una, claro que ahora todas sentirían su pérdida.
Juan no podía dejar de pensar en eso; ¿cómo se habría caído? ¿Era su culpa?
¿Y si había un agujero en el saco?
Desde arriba, el cielo lo miraba con su ojo vacío.
Mañana, cuando ya no pudiera verlo, tomaría el saco y saldría a buscar la estrella.
Si la encontraba podría cubrir el hueco, si la encontraba podría ponerle un freno a la nada que se esconde detrás de las estrellas...

domingo, junio 19, 2005

 

Fábula

"Soy un pato", decía el cerdo, mientras su imagen se reflejaba en el estanque, "un pato".
Se miraba las pezuñas opacas, el cuerpo cubierto por una gruesa costra de barro, y volvía a gritarle a imagen; "un pato, igual que todos los demás".
En el interior del estanque los patos se zambullían alisándose las plumas, y las risas que les arrancaba el agua podían escucharse desde la orilla... desde la orilla, en donde el cerdo trataba de convencer al agua de que el reflejo que le devolvía era el de un pato.
Pronto ellos dejarían el estanque; se acercaba la hora en que la anciana les dejaba su ración de granos en la granja.
El cerdo se incorporó despacio; observó a los patos e intentó reír como ellos, pero de su boca salió un sonido áspero como un gruñido.
Luego, giró hacia la granja y se alejó trotando.
Cuando llegó, la anciana ya había dejado la comida para los patos... a su alrededor, los cerdos se habían reunido y comían más rápido de lo que podían masticar.
Uno de ellos levantó la cabeza, y con el hocico lleno de granos le gritó; "¿Qué hacés ahí parado? ¡Vení a comer con nosotros!".
Los cerdos comían tres veces por día. La anciana los consentía demasiado, y por eso se creían con el derecho de tomar lo que quisieran, cuando lo querían... los patos, sin embargo, sólo tenían una ración diaria.
El cerdo los recordó en el estanque, minutos atrás; entonces caminó hacia sus compañeros, y hundió la cabeza entre los granos.
Cuando ya no quedaba qué comer, el cerdo comezó a caminar hacia el estanque.
Esta vez demoró más que al ir hacia la granja; le pesaba demasiado su estómago.
Cuando llegó a la orilla, calló sobre el barro y se dejó tocar por los patos que ya salían del agua.
En su interior, rió al pensar que sería lo más próximo que estarían de su comida.
Curioso... al pensarla, su risa parecía limpia.
Volvió a mirar su imagen en el estanque; él era un pato, no había duda de eso.

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