sábado, julio 09, 2005
“La vida en el espejo”
(Extracto de una entrevista realizada al Dr. Ian Henrikssön,
Master en Astrofísica de la Universidad de Viena).
“(...) El Dr. Henrikssön me recibe en su despacho. Todo se ve viejo, pero impecable. Incluso la apariencia del doctor lo refleja; un hombre canoso de cabello abundante, con la boca torcida en una mueca despectiva, casi elegante.
A modo de saludo me aprieta la mano con fuerza; “volvemos a vernos, Adolf”, murmura al tocarme.
Supongo que el viejo doctor nunca entenderá por qué dejé la física, o por qué abandoné la Universidad... menos aún que haya abandonado su clase.
Cuando uno lo mira sólo ve certezas, una cadena interminable de ellas que se van enroscando a su alrededor como serpientes, esperando el momento para aparecer y recordarle a uno que es humano, que ha tenido errores, y que lo corroe como veneno la incertidumbre.
(...)
Mientras hablábamos, el Dr. Henrikssön me ha mostrado un pequeño portarretrato con la fotografía de Sigmund Freud. Se ha entretenido un rato contándome anécdotas de él, de su experiencia como profesor en la Universidad. De cierta forma, se siente cercano a Freud...
Junto a la biblioteca que sostiene el portarretrato hay un gran afiche de Klimt; se lo señalo con una sonrisa, no es necesario hacerle notar que hay cierta ironía en la situación.
Me responde con la misma mueca de siempre; “él nunca debió haber salido de aquí”, susurra despreciando mi sonrisa.
(...)
No tengo miedo al decir que lo admiro. Lo hacía cuando era su estudiante, aunque mi vida se haya distanciado del camino que me mostró. Lo hago ahora como periodista, habiendo escuchado tanto y a tantos...
Antes de retirarme hay algo que quiero preguntarle; un hombre como él, que lleva sobre la espalda el recuerdo del holocausto, la muerte de sus compañeros fundida en las pupilas... alguien como él, firme, altivo, casi inhumano: ¿hay algo que haya cambiado su vida, algo sin lo cual no podría seguir adelante?
El Dr. Henrikssön permanece pensativo por unos instantes. Pueden verse las ideas corriendo por el interior de su frente.
Finalmente, levanta la mirada y me dice;“Sin duda, Adolf... las tabletas de chocolate”.
Master en Astrofísica de la Universidad de Viena).
“(...) El Dr. Henrikssön me recibe en su despacho. Todo se ve viejo, pero impecable. Incluso la apariencia del doctor lo refleja; un hombre canoso de cabello abundante, con la boca torcida en una mueca despectiva, casi elegante.
A modo de saludo me aprieta la mano con fuerza; “volvemos a vernos, Adolf”, murmura al tocarme.
Supongo que el viejo doctor nunca entenderá por qué dejé la física, o por qué abandoné la Universidad... menos aún que haya abandonado su clase.
Cuando uno lo mira sólo ve certezas, una cadena interminable de ellas que se van enroscando a su alrededor como serpientes, esperando el momento para aparecer y recordarle a uno que es humano, que ha tenido errores, y que lo corroe como veneno la incertidumbre.
(...)
Mientras hablábamos, el Dr. Henrikssön me ha mostrado un pequeño portarretrato con la fotografía de Sigmund Freud. Se ha entretenido un rato contándome anécdotas de él, de su experiencia como profesor en la Universidad. De cierta forma, se siente cercano a Freud...
Junto a la biblioteca que sostiene el portarretrato hay un gran afiche de Klimt; se lo señalo con una sonrisa, no es necesario hacerle notar que hay cierta ironía en la situación.
Me responde con la misma mueca de siempre; “él nunca debió haber salido de aquí”, susurra despreciando mi sonrisa.
(...)
No tengo miedo al decir que lo admiro. Lo hacía cuando era su estudiante, aunque mi vida se haya distanciado del camino que me mostró. Lo hago ahora como periodista, habiendo escuchado tanto y a tantos...
Antes de retirarme hay algo que quiero preguntarle; un hombre como él, que lleva sobre la espalda el recuerdo del holocausto, la muerte de sus compañeros fundida en las pupilas... alguien como él, firme, altivo, casi inhumano: ¿hay algo que haya cambiado su vida, algo sin lo cual no podría seguir adelante?
El Dr. Henrikssön permanece pensativo por unos instantes. Pueden verse las ideas corriendo por el interior de su frente.
Finalmente, levanta la mirada y me dice;“Sin duda, Adolf... las tabletas de chocolate”.
Comments:
Amargo es mejor, de los de taza. La mejor compañía invernal,sobre todo si el lado izquierdo de la cama está frío de ausencias.
Mmmm... sí, amargo y también los de taza.
Te recomiendo uno de Águila, se puede derretir el frío por $25...
Saludos para los dos.
Te recomiendo uno de Águila, se puede derretir el frío por $25...
Saludos para los dos.
La verdad que prefiero uno con pasadeubas, y un buen jugo de naranja. Y si del lado izquierdo de la cama esta frio, ponete del lado derecho la luz, traete uno libros, y el control remoto.
Al Dr. H se le veían la ideas corriendo por el interior de su frente ? Creo que a mi también ... así que es obvio que no podría responder “las tabletas de chocolate”.
De todas maneras aprecio los ocasionales Lindt y los Droste que me dona Devoto ... sumaré alguno al caviar y las Cric Crac.
De todas maneras aprecio los ocasionales Lindt y los Droste que me dona Devoto ... sumaré alguno al caviar y las Cric Crac.
"Et tu Brute!" saluda el regreso del señor Bruno, y aprecia de antemano su eficiente provisión de alimentos.
Acá es más dificil de conseguir. Sólo Barton, el señor que tiene moto, se ocupa de traficar el cacao. Pero se extingue. Y los ganimedienses se manifiestan en piquetes subversivos.
Y no podemos pasar al otro lado del río, donde está el amigo que viaja en pluna con su guitarra.
Saludos de los 2.
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Y no podemos pasar al otro lado del río, donde está el amigo que viaja en pluna con su guitarra.
Saludos de los 2.

