martes, setiembre 27, 2005

 

¿Futuro?

El niño observó el agua y se tapó la nariz. Volvió a mirar a su abuelo, que ahora hablaba de peces, de pescadores, y de hundir la cabeza bajo el agua en vacaciones hasta ya no aguantar la risa.
Nadar... al niño le encantaban las historias en que su abuelo le contaba la sensación de atravesar el agua con el cuerpo. Prefería eso a los castillos, los unicornios, y los príncipes. Había una vez... “¡Un río!”, se apuraba a contestar el niño.
El abuelo recordaba el olor del río en la piel, y mientras se lo contaba a su nieto le hacía cosquillas en la nariz. El niño cerraba los ojos e intentaba sentirlo también, pero lo único que recordaba al pensar en el río era un cementerio líquido.
“¿Por qué pasó esto abuelo?”, le preguntó mientras hundía los ojos en el agua putrefacta, “¿Por qué ya no tenemos río?”.
El viejo no contestó.
“¿Por qué no hiciste nada para que no se lo llevaran?”.
El viejo tampoco contestó. Había muerto, quizás sin escuchar ninguna pregunta.

domingo, setiembre 25, 2005

 


Uno nunca vuelve a ninguna parte. Regresar es inventar un lugar que no existía.

0.001 palabras

sábado, setiembre 10, 2005

 

Ella

Hace mucho, era hermosa.
Tenía el pelo negro, lacio y ordenado, y se reía de a ratos con tanta fuerza que te obligaba a mirarla.
En ese entonces ella hablaba en inglés, y yo cargaba pocos años encima. Me fascinaba verla comunicarse con sus compañeras en aquel idioma extraño; cada una de sus palabras estaba cerrada para mí, y ella tenía la llave de todas.
Pasó tiempo antes de volver a verla.
Tenía el pelo negro, lacio y ordenado, y su risa de a ratos te obligaba a mirarla.
Ahora hablaba de teatro y literatura, y las palabras sonaban extrañas en su boca.
Me hizo un par de preguntas, sonrió... nos reconocimos.
Recordé que hacía mucho, había conocido a alguien que se le parecía; antes de despedirme, supe que ella era parte de algo que no existía.
Como tantos otros, su nombre se fue colando entre los pliegues de mi memoria hasta que ya no le perteneció a ningún rostro. Como tantos otros, su rostro se fue deformando hasta dejar de serlo, hasta volverse una mancha de pelo negro.
Hace poco, volví a verla... tenía el pelo negro, lacio y ordenado, y reía de una forma que te hacía mirar al suelo.
Me costó reconocerla; se acercó a saludarme, y sentí como me invadía el perfume de lo inevitable.
Fue entonces cuando habló; nunca había visto una mujer tan fea en mi vida.

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